Razones para visitar Burgos (y qué regalar cuando vas de visita)

Burgos

Hace poco hice el Camino de Santiago enterocon ¡con 78 años! Empecé desde Roncesvalles, con mi bastón, mi mochila ligera y muchas ganas de caminar.

No iba rápido, claro. A mi edad, cada paso hay que darlo con calma. Dividí las etapas en muchas más pequeñas, y me tomé mi tiempo. Pero lo hice, lo recorrí todo.

Y en ese camino, hubo un lugar que me tocó el alma más que otros: Burgos.

 

Cuando uno ya ha vivido mucho

A estas alturas, uno quiere sentir, mirar, recordar, dar gracias. Y eso hice en cada tramo del Camino. Cada pueblo, cada piedra, cada mirada de un desconocido me acompañaron. Y en Burgos, sentí que el tiempo se detenía… que todo tenía sentido.

 

La llegada a Burgos: un regalo para el alma

Venía de Atapuerca. Una etapa sencilla, pero con paisajes hermosos. Ya de lejos, desde una pequeña loma, vi la silueta de Burgos. Me emocioné, no sé bien por qué. Quizá porque sabía que allí me esperaba algo grande.

Al llegar, el primer sonido que recuerdo fue el de las campanas. Eran las doce. Me quedé quieto y cerré los ojos. Sentí que algo dentro de mí se alineaba con mi alma.

 

La Catedral que me hizo llorar

La primera vez que vi la Catedral de Burgos se me salieron las lágrimas, y no exagero. Me quedé con la boca entreabierta, como un niño que ve un castillo de cuentos. Es inmensa, sí, pero también tiene algo especial, algo que no se puede explicar con palabras.

Caminé lento por dentro, mirando los techos, las capillas, las luces que entraban por las vidrieras. Me senté en un banco y recé. No por mí, sino por los que ya no están. Por mi mujer, que murió hace diez años. Por mis padres. Por mis hijos. Por todos.

Allí dentro sentí que estaba tocando el cielo con los dedos. El silencio, el olor a piedra antigua y cera, la luz que bajaba en ángulo desde las ventanas altas… Todo me habló de lo sagrado. Hay sitios que no se olvidan nunca, y esa Catedral es uno de ellos.

 

El Cid y otras historias que me contaron

En Burgos todo tiene historia, y de las buenas. Me hablaron del Cid Campeador, ese héroe de antaño que está enterrado justo en la Catedral. Me paré un buen rato frente a su tumba, pensando en lo mucho que cambia el mundo y en cómo algunos nombres quedan para siempre.

También me contaron del Papamoscas, un muñeco que da las campanadas en la Catedral y abre la boca cada hora. Me hizo gracia, fui a verlo. Y sí, me reí solo.

¡Qué cosas más curiosas tiene esta ciudad!

 

Pasear sin prisa por  Burgos

Yo ya no camino rápido. Pero eso me permite ver más cosas. Y en Burgos hay mucho que mirar. Caminé por la Plaza Mayor, me tomé un café sentado en una terraza, mirando cómo pasa la gente. Vi niños jugar, parejas cogidas de la mano, ancianos como yo con su bastón. Crucé el río Arlanzón y me detuve en uno de los puentes a mirar el agua. Me sentí en paz.

Seguí andando por el Paseo del Espolón, que es de lo más bonito que he visto en mucho tiempo. Árboles bien cuidados, bancos donde descansar, y esculturas que parecen contarte historias.

 

El Museo de la Evolución Humana

Me dijeron que allí estaban los restos de Atapuerca. ¡Qué maravilla! Aprendí sobre cómo vivíamos hace miles de años. Sobre los primeros hombres. Sobre lo pequeños que somos en el tiempo. Salí del museo con la cabeza llena de pensamientos. Y con el corazón agradecido por estar vivo.

Pensé en cómo hemos cambiado, y en lo mucho que seguimos necesitando lo básico: amor, pan, techo y compañía. Ese museo no es solo para turistas, es para todo aquel que quiera entender un poco mejor de dónde venimos.

 

Lo que comí en Burgos

En Burgos se come muy bien. Me comí una morcilla que todavía sueño con ella. Pan crujiente, un poco de vino, y morcilla caliente. También probé el queso de Burgos, muy suave, muy fresco. Y una sopa castellana que me reconfortó todo el cuerpo. Comer en el Camino es parte del viaje. Y en Burgos, fue uno de los mejores momentos.

En una pequeña taberna me sirvieron cordero lechal, y recuerdo que le di las gracias al camarero como si me lo hubiera cocinado su madre.

 

Gente que te mira a los ojos

En Burgos me encontré con personas buenas. No sé si es la ciudad o el Camino, pero allí la gente te habla, te escucha y te mira a los ojos. Una señora me ayudó a encontrar una tienda. Un señor me regaló una postal. Un joven me preguntó si necesitaba ayuda con la mochila.

Me sentí querido. Y eso, a mi edad, vale más que el oro.

Recuerdo especialmente a un panadero, que al ver mi concha de peregrino me invitó a un bollito caliente. Me dijo: “A mi padre le habría gustado hacer el Camino como usted”. Nos dimos la mano como si nos conociéramos de toda la vida.

 

Recuerdos que uno se lleva en la mochila

Muchos fueron los que me recomendaron que fuese a tiendas artesanales de Burgos para comprar recuerdos. Tiendas como Recuerdos de Burgos mantienen una parte de la localidad viva con sus cositas hechas a mano, y son una belleza.

Quise llevarme algo. Pero no mucho, que la mochila ya pesa. Compré un rosario hecho a mano. Lo tenía un hombre mayor en una tiendita cerca de la Catedral. Lo hacía él mismo, con cuentas de madera. Le conté que había perdido a mi mujer, y él me apretó la mano. Ese rosario lo tengo ahora colgado junto a mi cama. Y cada noche, lo toco antes de dormir.

También me llevé una pequeña figura de la Catedral, hecha de barro. Y un libro con fotos antiguas de Burgos. Lo hojeo a veces, cuando me entra la nostalgia.

Había también jabones artesanales, pañuelos con bordados, y dulces que no se deshacen con el paso de los días. Si pudiera, habría llevado todo. Pero lo más importante ya iba conmigo.

 

Dormí como un niño

Me quedé tres noches en Burgos. Primero en un albergue de peregrinos, donde compartí cena con otros caminantes. Luego, dos noches en una pensión pequeñita, pero muy limpia. Dormí bien. Me despertaba temprano, salía a caminar sin mochila, solo con un bastón, y volvía para desayunar pan tostado con aceite y café con leche.

La señora de la pensión me trató como si fuera su padre. Me doblaba las camisas, me dejaba una manzana para el camino, y me decía: “Usted tiene luz en los ojos”. Le di las gracias. Esas cosas no se olvidan.

 

Otras cosas que vi (y otras que me quedaron pendientes)

Vi el Arco de Santa María, precioso, como una puerta de cuento. Vi el Monasterio de San Pedro de Cardeña, un lugar lleno de paz. Paseé por la ribera del río. Pero me quedaron cosas pendientes. No vi el castillo. Ni entré al monasterio de Las Huelgas. Pero no me pesa, lo dejo para otro viaje. Porque sí, me gustaría volver.

También me hablaron de leyendas. Una sobre una mujer que curaba con hierbas en tiempos antiguos, y otra sobre una cruz que apareció sola en medio de una tormenta.

 

Lo que Burgos me enseñó

Burgos me enseñó que la vida todavía tiene cosas hermosas, aunque el cuerpo duela y el tiempo pase. Me recordó que la fe, aunque uno no sea muy religioso, puede nacer en una mirada o en una iglesia que te acoge.

Me recordó también que no estoy solo. Que somos muchos los que buscamos sentido, consuelo y belleza en los caminos. Y que a veces, esa belleza está más cerca de lo que creemos.

 

Para quien quiera ir

Si tú, que estás leyendo esto, tienes la oportunidad de ir a Burgos, ve. No hace falta hacer el Camino entero. Solo ve, camina por sus calles, entra en su Catedral, prueba su morcilla, habla con su gente. Y si puedes, llévate algo hecho a mano. Un rosario, una figura, una palabra amable.

Hazlo con calma, como si el tiempo no existiera.

 

A los que ya no están

En Burgos pensé mucho en mi mujer. Se llamaba Teresa, y me acompañó toda la vida. Le habría encantado esta ciudad. Me la imaginé caminando conmigo, sonriendo al ver el río, emocionada en la Catedral. Le dediqué ese tramo del Camino. Y cuando encendí una vela dentro de la iglesia, le hablé bajito. Le dije que la quiero, que la echo de menos, que estoy bien.

También pensé en mis padres, en mis hermanos, en los amigos que ya se fueron. Sentí que, de algún modo, todos estaban allí conmigo. Porque Burgos, en ese momento, era como un punto de encuentro entre la tierra y el cielo.

 

Gracias, Burgos

Gracias por acogerme. Por darme calor. Por no hacerme sentir viejo. Por recordarme que aún tengo vida por delante. El Camino se acabó en Santiago, sí. Pero una parte de mi corazón se quedó en Burgos. Y eso no lo borra ni el tiempo ni la edad.

Gracias, Burgos, por hacerme sentir joven otra vez.

Gracias por haber estado ahí, justo cuando más necesitaba recordar que vivir vale la pena.

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